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Casi todas las personas creen que no pueden cambiar las reglas de la
realidad. Independientemente de lo que se autoanalicen, siempre creen que su problema no se puede modificar. El problema existe, siempre ha estado allí, y allí va a seguir porque ese problema se
llama realidad, y la realidad no se puede cambiar.
Falso.
La realidad sí se puede cambiar. Los miembros promedio del Templo del Pueblo que siguieron a Jim Jones a Guyana en pos de una nueva vida, eran personas pobres que luchaban para subsistir, pagar
una renta baja y comer.
¿Es realidad el que tales personas le entregaran a Jim Jones una cuarta parte de sus reducidísimos ingresos? Pues sí, muchos lo hicieron.
Otros seguidores suyos le entregaban su salario íntegro, conformándose con los dos dólares semanales que él les daba. Hubo una mujer que le estuvo entregando los 1,000 dólares de su sueldo
mensual por espacio de nueve años, a cambio de una habitación y alimentos dentro de la comuna.
¿Es eso la realidad?
¿Es realidad que sus seguidores no se rebelaran cuando Jones los condujo al clima infernal de Guyana, donde tuvieron que luchar para sobrevivir entre serpientes ponzoñosas, ratas y feroces
mosquitos?
Los miembros del Templo del Pueblo estaban maduros para el cambio. Jones les inyectó la carga emocional que necesitaban para cambiar sus vidas, y la que necesitaban para cambiar la realidad.
Cuando 900 de ellos bebieron un refresco con cianuro, la realidad era la siguiente: con el suicidio en masa no se logró nada constructivo, sólo pesar para sus parientes y para casi todos los
norteamericanos conscientes que no pudieron entender semejante acto ciego y falto de inteligencia. Realmente fue una estupidez.
Si el grupo en verdad necesitaba crear una nueva sociedad, el eliminar a la población de esta sociedad no era la forma de hacerlo. El
suicidio masivo presupuso una ingrata tarea para los encargados de remover los cadáveres, así como una caída financiera para el gobierno, que tuvo que costear el traslado de los restos a Estados
Unidos.
La realidad es que casi todas estas víctimas suicidas sabían intelectualmente que lo que estaban haciendo era una cosa estúpida, ridícula y sin significado alguno.
Pero la carga emocional, más fuerte que la necesidad vital de logro espiritual, modificó esa realidad. .
Quizá jamás conozcamos la verdadera historia de lo ocurrido en Guyana, pero podemos estar seguros de que Jim Jones conocía el poder de una carga emocional.
La misma carga emocional que hizo que los seguidores de Charles Manson sacrificaran y descuartizaran a siete personas en Los Ángeles. ¿y Richard Peck? ¿Cree usted que intelectualmente quería
asesinar a todas esas enfermeras de Chicago? Hubiera necesitado de un tipo de orgullo muy especial para decir: "Mírame, mamá, ¿no estás contenta? ¡Soy un asesino de masas!"
Cuando George Moscone, alcalde de San Francisco, no le devolvió su empleo al supervisor Dan White, ¿cree usted que éste se haya dicho a sí mismo: "Bueno, voy a sacar una pistola del bolsillo para
matar a éste. Si lo asesino se resolverán mis problemas. Recuperaré mi empleo y todo seguirá como antes"? ¿y qué lógica tuvo el que hubiese matado a Harvey Milk? "Eres homosexual, Harvey, y yo no
quiero a los homosexuales. Así pues, si te elimino, habrá en el mundo uno menos de los que no quiero, para poder seguir siendo feliz, feliz". ¿Cree usted que así pensara White? Claro que no.
El haber intelectualizado su problema no hizo de él un asesino. Fue una carga emocional la que apretó el gatillo.
La realidad sólo se puede modificar de manera emocional, no intelectualmente. Y no es posible porque una realidad intelectual sólo es una percepción de lo que sentimos a nivel emocional.
Por ejemplo, yo podría decirle a usted: "Es feo, tiene mala dentadura y una sonrisa espantosa. Tiene la nariz torcida y el pelo sucio, como si no se lo hubiera lavado en meses. Es usted tan
repulsivo que ni siquiera me gusta mirarlo".
Usted se sentiría insultado y podría responderme: "No me importa lo que usted piense de mí", pero el decirlo no modifica nada si sigue sintiendo que sí le importa.
El decir intelectualmente que no le importa no quiere decir que sea verdad. Sólo una emoción puede modificar la realidad.
En la avenida Madison ciertamente comprenden el poder del subconsciente.
Esta es la razón por la que la publicidad vende el empaque, no el contenido. Se anuncian automóviles tripulados por atractivas muchachas que los acarician o que se tienden seductoramente sobre
las brillantes carrocerías. Hasta el más tonto se da cuenta de que la muchacha guapa no tiene nada que ver con el kilometraje del auto, ni con la cantidad de equipaje que le cabe, ni con la
eficiencia del motor en el tráfico citadino.
¿Cree realmente alguna mujer que si conduce aquella determinada combinación de cromo y acero será como 'la muchacha que lo anuncia?
¿Cree realmente algún hombre poder atraer a una muchacha así si se coloca tras el volante del automóvil anunciado? Intelectualmente no, pero a nivel emocional es otra cosa.
Las modelos son esbeltas. En las tiendas se vende ropa para gordas, pero las modelos son esbeltas. Ahora bien, ¿qué sentido puede tener esto? Mucho, si la persona es gorda aunque no quiere serlo. Todas las mujeres se quieren ver como las modelos de las tiendas. Cuando las gordas ven en la televisión a Farrah Fawcett haciendo un anuncio de un gimnasio, les hace bien sentir emocionalmente que podrían ser como ella. El subconsciente les escamotea el hecho intelectual de que sólo tienen una probabilidad en medio millón.
Cuando una hermosa rubia noruega con un gran escote le dice a usted "que se quite todo", a la mayoría de los televidentes masculinos se les da como un ardite la crema para afeitar que anuncia. No
es preciso ser genio para saber a qué elemento subconsciente alude el publicista, pero la mayoría dice: "Yo no me lo trago. No lo creo". Lo que no advierten es que el publicista no pretende que
se lo crean, sino que lo sientan.
Su propósito es hacerle sentir a usted que necesita algo, aun cuando usted, intelectualmente, sabe que no es así, nuestros botiquines atestados de jarabes para la tos, analgésicos y productos de
belleza, todos sin usar, son testimonio de que esa técnica funciona.
y funciona porque echa mano del viejo proverbio norteamericano que reza: "Si quieres engañar a alguien, primero debes hacer que se fíe de ti, o cuando menos que se sienta superior". Los publicistas hacen comerciales de televisión deliberadamente tontos y ridículos. Quieren que la parte consciente e intelectual de usted crea que son ineficaces porque saben que su intelecto no lo va a hacer cambiar de un producto a otro. Eso sólo lo hará la parte emocional y subconsciente.
Esos redactores publicitarios desean insultar su inteligencia con sus mensajes, para que su mente consciente piense que no es posible convencerla. Su objetivo es el 90 por ciento de usted que controla sus decisiones de compra, ya sea que usted se percate o no de ello. Ciertos comerciales que los televidentes consideran como los más estúpidos son los que venden más. Usted cree que los comerciales televisivos no obran ningún efecto en su persona, pero un llamado directo a su subconsciente puede cambiar esa realidad.
Esta es la razón por la que los cinéfilos compraron más refrescos que nunca mientras veían Lawrence de Arabia, y los nadadores empezaron a evitar las playas después de ver Tiburón. Porque
aceptaron el mensaje subconsciente. El intelecto les decía que no había razón para tener sed ni para que les dieran miedo las playas, pero sus emociones no cuentan con semejante poder de
raciocinio.
El subconsciente jamás duerme, aun cuando la mente consciente cree no escuchar, e incluso cuando una persona está físicamente dormida. Ha habido pacientes anestesiados que han malinterpretado
palabras dichas en el quirófano, con resultados fatales. Por ejemplo, un paciente podría morir en el curso de una sencilla apendectomía sólo porque el cirujano observara: "Este ya está listo", lo
cual significa que el médico ya está listo para que su asistente suture la incisión. Si el subconsciente interpretara dicha observación como un comentario de que se estaba muriendo, tal vez el
paciente se decidiera a hacerlo.
Se advierte al personal de los quirófanos que tenga cuidado con los matices del lenguaje, ya que la interpretación que haga el subconsciente del enfermo de lo que está sucediendo puede hacer de
una sencilla intervención quirúrgica una tragedia. Puede cambiar la realidad.
La realidad no es tal si le añadimos una carga emocional para modificarla. La clave para llevar a cabo el cambio que usted desea consiste en encontrar la carga emocional adecuada. Luego, cuando
ya se encuentre maduro para el cambio, no sólo podrá rechazar las viejas reglas de su realidad, sino también introducir la nueva realidad que tanto desea.
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